Quienes eran

Semblanza de Antonio Chamorro y Alejandro Otero

Antonio Chamorro Daza

  Antonio Chamorro llevaría a cabo una actividad científica en el Institut du Radium parisino, concretamente en el Laboratorio Pasteur, durante más de 30 años. Concretamente entre 1938 y 1971. Dicha institución brindaría a un refugiado español, la oportunidad de realizar más de 100 publicaciones, casi todas en francés, sobre fisiología experimental.

Sus investigaciones lograron una difusión amplia en determinados ámbitos científicos, salvo en España, en donde solo unos pocos se interesarían por ellas. Así sucedió con Gregorio Marañón Posadillo (1887-1960), pero es que éste  había conocido algunos trabajos suyos iniciales, mientras estuvo exiliado en París, entre 1936 y 1942. También sabría de ellos Manuel Varela Radío (1873-1962). Este último había sido el maestro de su maestro Otero, y seguramente contactó con Chamorro en parecidas circunstancias. Lo hicieron por carta algunos otros, pero de forma que no trascendería: en 1963 Jorge Guasch, del Instituto de Hematología y Hemoterapia de Barcelona; Isaías Zarazaga, hoy profesor emérito del Laboratorio de Genética Bioquímica, de la Facultad de Veterinaria de Zaragoza (1970) y Rafael Jordana, entonces catedrático de Fisiología Animal y Zoología Aplicada de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la Laguna, en 1972.

Estableciendo una comparación con un pequeño país centroeuropeo, no francoparlante, como podría ser Checoslovaquia, hemos verificado que fueron veintiocho las ocasiones en las que los profesores de las cuatro Facultades de Medicina existentes le solicitaron separatas de sus trabajos a lo largo de la carrera investigadora de A. Chamorro. Las cifras aumentan exponencialmente en el caso de países tales como los Estados Unidos, Japón, Gran Bretaña, Canadá, Alemania o Italia.

            Eran unos años en los que la ciencia española de la posguerra necesitaba rehacer sus laboratorios e instituciones, para volver a los niveles anteriores a los de 1936. A la vez, debía comenzar a dirigir la mirada hacia la producción científica anglosajona, que era la que se vislumbraba más puntera. Sin embargo, no se consiguió, porque los móviles políticos jugaron el principal papel en la vida universitaria e investigadora, hasta el punto de prescindir de sus más relevantes figuras, muchas fuera del país y las que permanecieron en él, o regresaron pronto, fueron sometidas a una sádica depuración[1]. Antonio Chamorro, por supuesto, no contó entonces y, lo que es más llamativo, ni siquiera se contempla en los anales de la ciencia en el exilio.

Consciente de este olvido, él mismo, en un gesto de generosidad y valentía, trató de que su memoria y su saber quedaran vinculados a la Universidad de Granada. Ésta le había dado, bastante tiempo atrás, la oportunidad de iniciarse en unas tareas que, con el paso de los años, le iban a permitir ser un investigador puro en tierra extranjera. En Francia viviría, primero como “refugiado español” y luego como ciudadano europeo, hasta casi el final de sus días.

 

            Personaje centenario, ayuno de homenajes, enérgico y lúcido hasta el último día de su existencia, sería Antonio Chamorro Daza (Huesa, Jaén 20/4/1903-Bañolas, Gerona 7/3/2003). Miembro de una extensa familia, ambos progenitores, Antonio Manuel y Luisa, eran oriundos de Loja (Granada). Afincados inicialmente en Huesa, lugar en el que la madre ejercía de maestra, posteriormente se instalarían en Guadix (Granada), con el ánimo de mejorar su situación económica y propiciar que el padre también pudiera trabajar como maestro, al disponer de unos locales propios donde instalar la escuela. Siendo el segundo de once, según nos relató su hermano Ramón, tras la epidemia de tifus de 1909, vería cómo mermaba de forma considerable su número; pues al parecer cinco fallecieron a consecuencia de la misma. Finalmente sobrevivirían Luisa, Antonio, José, Ramón, Emilio y Manuel, el hermano más pequeño. Quizá en estas circunstancias adversas se fue fraguando su carácter independiente, capaz de vencer adversidades, condiciones sin duda muy útiles para el investigador en que luego se convertiría.

 

            Muy probablemente los padres planearon para él un futuro docente, similar al que ellos disfrutaban en la enseñanza primaria. Con este fin le enviaron, en 1918, a estudiar Magisterio en la Escuela Normal de Granada, y allí conseguiría el título. Sin embargo, el joven Chamorro, que venía compaginando sus estudios con el trabajo temporero en la industria del azúcar accitana, deseaba ser médico. Tras obtener el título de bachiller en 1922, al conseguir que le convalidaron algunas asignaturas de Magisterio, estuvo dispuesto a ingresar en la Facultad de Medicina de Granada donde, tras cinco años de aplicación, finalizó sus estudios en 1927. No se le otorgaría el Grado de Licenciado hasta el mes de septiembre de 1932.

Su promoción estaba integrada por un conjunto de alumnos brillantes, quienes, con el paso del tiempo, llegarían a las más elevadas cotas del saber y la docencia; entre sus compañeros se encontraban Emilio Muñoz Fernández, catedrático de Farmacología y futuro rector de la Universidad granadina; el conocido cardiólogo Antonio Azpitarte Rubio; el catedrático de Cirugía Antonio Martín Lagos, Federico Garrido Márquez, Jesús Peña Tercedor, y otros muchos, que luego serían recordados por su buen hacer profesional.

 

            Sin embargo, tanto a nivel personal como profesional, es indudable que el catedrático de Obstetricia, Alejandro Otero Fernández (1888-1953)[2], fue la persona que influiría más decisivamente en la vida y obra de Antonio Chamorro. No solo sería su alumno durante el período de la licenciatura sino que le brindaría también la oportunidad de participar en la docencia universitaria, como profesor Ayudante. Además, le proporcionó los medios necesarios para la puesta en práctica de los conocimientos que él mismo adquirió durante el “año sabático” que había disfrutado entre 1927 y 1928,  en el que había realizado un viaje por Centroeuropa. A buen seguro, Otero vería en el joven Chamorro a una persona tenaz, constante en su trabajo y perfeccionista en extremo, capaz de adentrarse en campos tan prometedores, desde el punto de vista clínico y experimental, como lo eran entonces los estudios sobre las hormonas sexuales femeninas.

            Por otra parte, es muy probable que le introdujera en el ejercicio de la actividad política, primero como miembro de las Juventudes Socialistas y después como vicepresidente de la Unión General de Trabajadores de Granada. Seguramente que planificó el que ejerciera cargos de representación dentro del PSOE y por ello lo presentó como aspirante a candidato en las elecciones a diputados a Cortes del año 1933. Al parecer, la claridad y elocuencia de Antonio Chamorro eran un buen recurso para convencer a quienes lo escuchaban, como ya había demostrado con motivo de los actos celebrados en la conmemoración del sexto aniversario de la muerte de Pablo Iglesias.

Situado en uno de los últimos puestos de la lista preelectoral, no sería votado por los representantes de las Agrupaciones Socialistas granadinas, reunidos en la Casa del Pueblo bajo la presidencia de Otero. En esta ocasión la disciplina de partido impuso desde Madrid a cuatro representantes: Fernando de los Ríos, María Lejárraga, Ramón Lamoneda y Pascual Tomás, si bien solo los tres primeros se harían con el Acta de Diputado tras la celebración de los comicios.

En el ámbito universitario, Chamorro opositó este mismo año a una plaza de profesor Auxiliar Temporal en la Facultad de Medicina de Granada, un pretendido salto cualitativo del que tampoco saldría bien parado, pues en esta ocasión la única plaza disponible se le otorgó a otro compañero de Facultad y de militancia política, entonces, Claudio Hernández López.

            En cambio siguió desempeñando la plaza de profesor Ayudante de clases prácticas que se le había asignado en 1932, manteniéndose de esta forma vinculado con la Facultad de Medicina. En aquel tiempo era un cargo honorífico, por el que no se percibía retribución económica alguna. Imaginamos que Chamorro se mantendría ejerciendo como Inspector de Sanidad Municipal (1928) y como tocólogo del Seguro de Maternidad de la Mujer Trabajadora (1932-36). Cuando marchase becado a Alemania, como seguidamente veremos, contaba con unos fondos nada desdeñables para los tiempos que corrían.

            La investigación llevada a cabo por Chamorro desde 1929, año en el que sería encargado del laboratorio de Anatomía Patológica de la Clínica de Obstetricia, merece ser considerada con especial atención, ya que incluso en la actualidad y con medios técnicos avanzados, nos puede sorprender por lo depurado de su metodología.

            Bajo la dirección de Alejandro Otero, sus experiencias dieron como resultado una tesis doctoral titulada La transplantación autoplástica del ovario a la cámara anterior del ojo en la coneja, un intento, logrado, de observar la fisiología ovárica, muy poco tiempo después de que Hermann Knaus en Austria (1929) y Kyusaku Ogino (1930) en Japón, descubrieran el momento en el que se producía la ovulación femenina. Tras dichas observaciones, pudo describir la función del ovario transplantado, los intentos de rotura folicular en las diferentes clases de folículos, la inducción de un estado refractario en el transplantado y las modificaciones del tracto genital que llevaban consigo.

La tesis fue defendida en la Universidad de Madrid, como entonces era preceptivo, el 11 de julio de 1935 y calificada con Sobresaliente. El texto fue publicado en el mismo año en la Revista Española de Obstetricia y Ginecología. Esta revista, fundada en 1915, estaba dirigida por tres prestigiosos ginecólogos, Pedro Nubiola Espinós (1878-1956); Sebastián Recasens Girol (1863-1933) y Pedro Zuloaga Mañueco.

            A. Chamorro simultaneó esta investigación con otras dos no menos relevantes. Con la primera trató de poner a punto un método para El diagnóstico hormonal de la mola vesiculosa y del coriepitelioma maligno con el test de coneja infantil y juvenil. Con la segunda, La reacción de embarazo en conejas hipofisectomizadas. Una técnica para la hipofisectomía, igualmente dirigida por Alejandro Otero, diseñaría el método de ablación de la hipófisis o hipofisectomía, con el que hizo aportaciones relevantes entonces y explotó ampliamente después. Aquí fue donde realmente comenzó su adiestramiento como investigador de porvenir, pues necesitó un año y medio para adquirir destreza en la técnica, realizada a través del ojo, ensayando diferentes procedimientos. Para ello ideó, e hizo construir por las casas comerciales, los instrumentos apropiados.

            En la misma línea de la tesis doctoral, trató de llegar más lejos investigando sobre el Diagnóstico gravídico hormonal en el ovario de coneja implantado autoplásticamente en la cámara anterior del ojo (que vería la luz en Alemania bajo el título: Hormonale Schwngerschaftsdiagnose and Kanincheneierstöcken die in die vordere Augekammer autoplastisch verplanzt wurden). Es de destacar que sus objetivos fueron observar los fenómenos que acaecían en el ovario tras la realización de la prueba de Aschheim y Zondek para el diagnóstico precoz del embarazo.

            Sin duda Alejandro Otero pensaba mejorar sus cualidades como investigador cuando, durante su ejercicio parlamentario (1931-1933) aprovechó para indicar, escrito en papel oficial del Congreso de los Diputados, los lugares y las personas con las que podría realizar un buen aprendizaje en Alemania. Con esta idea, no dudaría en estimularle para que solicitara una pensión de la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE) que le costease una estancia de trabajo en aquel país, en donde el propio Otero se había formado hacía ya más de veinte años, utilizando la misma vía[3].

Una vez concedida la pensión, marchó a Berlín en diciembre de 1935. Allí trabajó inicialmente en el Laboratorio de Biología de la Frauenklinik de La Charité, bajo la dirección del profesor C. Kaufmann y del Dr. Anselmino, dedicándose a la investigación experimental de las hormonas hipofisarias y sexuales. Seguidamente, y con la consiguiente autorización, se incorporaría al equipo de los laboratorios de la casa Schering-Kahlbaum (Sección de Farmacodinamia y Hormonología), dirigida por los profesores Walter Schoeller, Walter Hohlweg y Karl Junkmann, formando parte de un selecto grupo de investigadores ocupados en el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades del aparato genital femenino.

            Tras la insurrección militar en España, en julio de 1936, las pensiones de la JAE se interrumpieron a partir de septiembre, haciéndose las correspondientes admoniciones para que los becados regresaran a sus lugares de origen. Antonio Chamorro no sería la excepción y también fue reclamado, aunque sin éxito. Entonces retornó a la actividad política. Dados los puestos que ocupó, no dudamos en afirmar que nuevamente sería Alejandro Otero, residente en París, y miembro destacado del Servicio de Adquisiciones Especiales (encargado de la compra de armas para la República), quien influyó decisivamente en todo ello. Antonio Chamorro fue nombrado, en octubre de 1936, secretario de segunda clase interino de la Embajada de España en Berlín y, un mes más tarde, segundo secretario y encargado de negocios de la misma.

El inquieto Chamorro a buen seguro disfrutó con las misiones que le encomendaron, tales como la de ser encargado de la valija diplomática desde Praga a París, viajar desde Estocolmo a Barcelona o llegar hasta Helsinfor, Suecia, Viena o Zurich. Esta última ciudad estuvo, en 1937, con un cirujano dedicado a las mismas faenas, Luis Gérez de la Maza.

Adentrado el año 1937 a Antonio Chamorro lo vemos desempeñando el cargo de segundo secretario en la Embajada de España en París, y residiendo en el número 49 de la Avenida Mozart de dicha capital. Este último hecho tendría cierta relevancia porque allí conocería a Andrée Marya Jacob (Bagnolet, Seine-Saint-Denis 4/9/1912-Antibes, Alpes Marítimos, 3/2/1993) mujer que, con el paso del tiempo, se convertiría en compañera casi hasta el final de su vida. Las anotaciones diarias de Andrée entre 1938 y 1987, realizadas con letra menuda en pequeñas libretas, o las descripciones detalladas de los viajes que hicieron en común, son una fuente insuperable para reconstruir la vida de ambos. No se casaron. Por otra parte, Antonio Chamorro estuvo dos veces a punto contraer matrimonio, una en 1944, con Marie François Pirou, de St. Julien, Cotes-du-Nord, y otra en 1947, con María de los Ángeles de las Heras, hija de unos españoles que vivían en París, posiblemente refugiados.

Es de destacar que Chamorro también colaboró con el ya mencionado Servicio de Adquisiciones Especiales, en donde a buen seguro mantuvo contactos con su maestro Alejandro Otero. Finalmente, en el mes de agosto de 1938 y por causas aún no aclaradas, fue separado del servicio diplomático.

Encontrándose en París, sin medios, y no deseando retornar a una España en guerra, volvería a su antigua vida de investigador en octubre de 1938. Entraría a formar parte de una elite científica, la del Institut du Radium de París. Inició así la etapa francesa de su larga y productiva carrera investigadora, no desprovista, en principio, de dudas e intentos de cambio. Lo hizo con la ayuda de Antoine Lacassagne (1884-1971), director del centro desde 1937 hasta 1954. Sin duda, Lacassagne sabría apreciar los conocimientos y habilidades de este refugiado español. Años más tarde, en 1964, Antonio Chamorro recibiría la Medalla Lacassagne en premio a sus investigaciones.

            El trabajo lo realizó mayoritariamente en el Laboratorio Pasteur, una sección del Institut du Radium, orientado al estudio de la radiobiología y la cancerogénesis, integrándose a su vez dentro de él una serie de laboratorios especializados, en uno de los cuales, el de hormonología, desarrollaría su actividad. Además, en el primer semestre de 1939 frecuentó el de Morfología Experimental y Endocrinología del Colegio de Francia, que estaba bajo la dirección del profesor Robert Courrier (1895-1986). Más adelante, durante los años 1955 a 1957 colaboraría en el laboratorio de Fisiología General de la Sorbonne, dirigido por el profesor Henri Laugier-Protee (1888-1973).

            El ejercicio clínico fue, en cambio, algo muy excepcional si se la compara con los numerosos años de vida de laboratorio. No obstante, en el año 1939 trabajó en el Hospital Curie, como interno de guardia de noche. Posteriormente y, durante mucho tiempo, serviría de referencia para las consultas que le hicieron numerosos pacientes españoles, fundamentalmente encaminadas a aclarar diagnósticos tumorales y patologías con ellos relacionadas.

            Sin embargo, ser un refugiado en Francia y tratar de consolidarse en el terreno de la investigación experimental no debió resultarle tarea fácil. Una muestra de ello es el contenido de un escrito de A. Lacassagne, en fecha tan crítica como el 9 de septiembre de 1939, cuando ya había comenzado la segunda guerra mundial. En el mismo se indicaba que la condición que se le exigía, para poder seguir trabajando allí, era la de contar con el apoyo de sus jefes superiores.

            Dadas las dificultades y, posiblemente, alarmado ante la invasión de Francia por los alemanes en 1940, A. Chamorro trató de incorporarse a algún centro de investigación en Londres. Lo hizo a través de Maud Denner, una inglesa que había residido en Granada, y quien probablemente le había realizado algunas traducciones del inglés, pero que en aquellos momentos trabajaba en la Comisión Nacional Británica de Ayuda a España, presidida por la famosa duquesa de Atholl. Esta amiga, finalmente, le comunicaría que sus gestiones habían fracasado, dada la imposibilidad de obtener un visado para la Gran Bretaña como consecuencia del conflicto bélico.

El propio Alejandro Otero, en una carta dirigida a Francisco Cruz Salido en el mes de febrero de 1940, le indicaba, un mes antes de marcharse hacia el exilio mexicano, que una vez allí gestionaría la salida de Antonio Chamorro para México. Cruz Salido, uno de los máximos dirigentes del PSOE, sería capturado por la Gestapo y entregado a la policía española el 31 de julio del mismo año, siendo fusilado pocos meses después[4].

Ante una Francia ocupada, donde la policía alemana funcionaba impunemente, muchos españoles decidieron  entonces abandonar el país y seguramente Chamorro también pensó hacerlo[5]. Por lo pronto debió de tratar de ocultarse, viviendo en el Hospital Curie, en París, sin abandonarlo en ningún momento,  temiendo tener un final parecido al de tantos otros. Algo más tarde, cuando la situación se normalizase se atrevería a viajar por el país en compañía de Andrée.

En otro momento, José Luchsinger Centeno, un médico ginecólogo con el que había convivido en su casa de Biarritz, le escribirá desde Venezuela. Le habla de su posible incorporación a la segunda Facultad de Medicina del país, la de Mérida. Allí le ofrecían la dirección del Instituto de Medicina Experimental y una cátedra de Fisiología. Sabemos de muchos médicos españoles refugiados en Francia que habían terminado en Venezuela. No fue el caso. Ninguno de estos proyectos se consolidó y A. Chamorro permanecería en Francia.

            En realidad, la situación laboral de Antonio Chamorro en 1941 era la de un ayudante técnico y científico, por cuyo trabajo recibía 3.000 francos mensuales. Según el interesado, tenía la categoría de un estudiante en prácticas, o algo similar, cosa dura de admitir si tenemos en cuenta que se trataba de un doctor en Medicina, ya con una amplia experiencia investigadora. Probablemente no le quedaba otra opción.

            Durante estos años, y los siguientes, la actividad de Chamorro se encontraría vinculada a los fondos que la Rockefeller Foundation y el Institut du Radium dedicaban a la investigación, pero sin estabilidad laboral alguna, circunstancia que le acompañaría hasta bien avanzada su carrera. Pese a esta cierta penuria salarial serían unos años en los que disfrutarían de vacaciones estivales en parajes tan queridos para él, y para su compañera Andrée, como las playas de Les Sables d’Olone o Villefranche-sur-Mer, donde en las fotografías que se hicieron se les ve bronceados y satisfechos.

            Transcurría 1945 cuando Chamorro entra a formar parte del grupo de investigadores del Centre Nationale de la Recherche Scientifique (C.N.R.S.), dependiente del Ministerio de Educación francés. A ello debió contribuir el que, en este mismo año, A. Lacassagne, a través de una comunicación dirigida al director del Centro, le informase que desde que lo acogió en el Laboratorio Pasteur, tras haber abandonado Alemania, en donde no se encontraba seguro tras la revolución franquista, se había encargado de proveerle de los fondos necesarios para subsistir, pero que ya no podía seguir en la misma situación.

            Las gestiones darían su fruto y Antonio Chamorro sería en el ejercicio 1946-47, Chargé de recherches de 3e classe, exigiéndole, entre otras cosas, la dedicación exclusiva. Esto le supondría unos ingresos brutos anuales de solo 126.000 francos, pero toda una fortuna, si se comparaba con su sueldo anterior. En el de 1948-49 ya sería Chargé de recherche de 2ª classe, duplicándose sus emolumentos, y a finales de 1949 se le ascendería a Mâitre de recherches de 3éme classe, cargo equiparable al de un Maître de Conférences des Facultés.

En 1952 la Academia Nacional de Medicina de Francia le concedió el premio Monthuse-Ménière por sus investigaciones sobre la patogenia del cáncer de mama. En 1953 subiría un escalón más, al ser promovido a la 2éme Classe des Maîtres de Recherches y en 1956 llegó a Maître de recherche de 1ª classe. Además de presentar los correspondientes informes anuales, y otros particulares, debía consagrar tres horas semanales a un trabajo de interés colectivo. Pero ahora ya podría disfrutar de unos ingresos netos anuales que ascenderían a la muy respetable suma de 2. 927.492 francos.

            El siguiente organigrama del Institut du Radium de l’Université de Paris et Fondation Curie, que corresponde a los primeros años sesenta, nos muestra a Antonio Chamorro como jefe de uno de los laboratorios del mismo:

I. Departement d´aplications medicales- Fondation Curie (de los que no nos ocupamos)

II. Departement de Radiobiologie et cancerologia experimentale.

Laboratoire Pasteur et Fondation Curie. 26 rue d´Ulm et 11 rue Pierre Curie.

Director: Raymond Latarjet (1911-1998).

8 Jefes de Laboratorio:

Química orgánica: R. Royer.

Química biológica: J. Legault.

Citologia: F. Zajdela.

Radiobiología: H. Marcovich.

Cultivo de tejidos: P. Vigier.

Hormonología: A. Chamorro.

Genética: C. Rudali.

Hematología: J. F. Duplan.

Finalmente, en 1963, el C.N.R.S. acordaría  mantenerlo como Maître de recherche de 1ª clase por tiempo indefinido. A partir de entonces iría subiendo paulatinamente de categoría, por antigüedad, hasta que el 20 de julio de 1970 le notificaron que el 30 de abril de 1971 se pondría fin a su contrato como investigador. Para esa fecha Chamorro tendría 68 años recién cumplidos.

            Concluyó aquí un largo período de su vida en el que la producción científica y la labor investigadora fueron cuantiosas. Más de trescientos investigadores se interesarían por sus trabajos, desde casi cualquier parte del mundo. Así mismo serían numerosas las peticiones de colaboración en eventos científicos celebrados en Francia, Holanda, Italia, Reino Unido o Alemania. A modo de ejemplo citamos la solicitud que le cursó el Royal Cancer Hospital de Londres en marzo 1950 para que participara en la conferencia de la CIBA Fundation. En 1960, la Asociación Francesa para los Intercambios culturales con la Alemania Moderna, lo emplazó a asistir a los actos del 150 aniversario de la fundación de la Humboldt Universität de Berlin. Y la universidad de Perugia (Italia) le invitaría en el mismo año a la conmemoración del centenario de la cátedra de Anatomía Patológica.

Durante la estancia en el Laboratorio Pasteur, Chamorro amplió el espectro de su interés por las hormonas, tanto desde el punto de vista fisiológico como cancerogénico y también trabajó en terapéutica experimental. De forma muy especial se ocupó de la intervención de la hipófisis en las diferentes funciones del sistema endocrino y de sus estados patológicos, utilizando para ello la ratona, la rata y la coneja. El conjunto de su labor investigadora resulta brillante, pues partiendo del estudio funcional de órganos básicos en la fisiología femenina como son la hipófisis, el hipotálamo, los ovarios, la corteza suprarrenal o el tiroides, pasó a dedicar su interés a la mama y a sus diferentes patologías y, finalmente, se adentró en el tema de las leucemias y la virología.

Podemos resumir así las líneas de investigación abordadas:

Farmacodinamia de la hormonas: gonadotrofinas

Hormonas esteroideas

Acciones hormonales sobre la glándula mamaria

Actividad suprarrenal

Frenadores hipofisarios

Regulación neurohormonal

Relaciones neuro-hormonales córtex-hipotálamo

Rayos X e isótopos

Fijación del Yodo por el tiroides

Esterilización ovárica

Hormonas y cáncer:

                        Hipofisectomía y cáncer mamario

                        Adenocarcinoma experimental en la mamila

                        Tratamiento hormonal del carcinoma mamario

Leucemia

Tumor de virus leucémogeno

En París, en otros lugares de Francia, o incluso en Suiza, Chamorro mantuvo una relación personal con médicos españoles exilados: Luis Gérez de la Maza, del que ya hemos hablado, y que acabaría como cirujano en el Servicio Médico-Farmacéutico de la Junta de Auxilio a los Refugiados Españoles (JARE) en México, dirigido por Alejandro Otero[6]. Pío del Río Hortega (1882-1945) y Gregorio Marañón se contarían así mismo entre sus conocidos. Con José Mª Fernández Colmeiro, oncólogo, y con José Luchsinger Centeno mantuvo después de la salida de éstos de Francia una relación epistolar muy copiosa.

También tuvo un respetuoso trato con Teófilo Hernando Ortega (1881-1976) y con Manuel Varela. Ambos regresarían pronto a España, aunque la depuración les mantuvo separados de sus cátedras[7]. Fue amigo del médico y filósofo Juan Rof Carballo (1905-1994), quien sería más  tarde colaborador de Carlos Jiménez Díaz  (1898-1967) y de Gregorio Marañón, del que fue médico personal. Una antigua conocida, Almudena González Arnao, le escribirá a Chamorro desde el Madrid de los primeros sesenta para comunicarle los éxitos de su común amigo Rof.

En el exilio frecuentó la amistad de otros españoles, no necesariamente médicos. Así sucedió con la hermana y sobrinas de Federico García Lorca, a quienes visitaría en la residencia parisina del ex arquitecto municipal del Ayuntamiento granadino en la República, Alfredo Rodríguez Orgaz[8] y su mujer Lucía Sachs, con quienes mantendrían también una relación duradera.

Con respecto a las asociaciones republicanas en el exilio, se inscribió en el Servicio de Emigración, o también Evacuación, para Republicanos Españoles (SERE), en enero de 1940, pero no fue proclive a integrarse en otras agrupaciones tales como el Grupo francés de Amigos de la Cultura y de la Universidad Española[9], la Unión de Profesores Universitarios en el Extranjero[10]  o la  Unión de Intelectuales Españoles. Fue fundamentalmente un sabio solitario.

            Antonio Chamorro no regresaría a España, al igual que sucedió con otros médicos exiliados en Francia[11]. Su destacada militancia política en el PSOE, pues no olvidemos que había sido dirigente de la UGT y, sobre todo, su relación con Alejandro Otero, indudable motor de las izquierdas granadinas, lo debieron hacer desaconsejable. Sin ir más lejos, tenemos noticia de que pesaba sobre él una condena, aunque de momento desconocemos en que consistía, y que le mantuvieron bloqueada durante muchos años la cuenta corriente de la que era titular en el Banco Hispano Americano de Granada, donde estaban depositados sus ahorros al irse de España en 1935.

Sus hermanos y sobrinos le visitaron con alguna asiduidad, aunque inicialmente solo en lugares próximos a la frontera franco-española. Posteriormente lo harían en París y en Juan les-Pins, en el Departamento de los Alpes Marítimos, e incluso pasaron algunas temporadas con Antonio y Andrée, conservando así viva la presencia de la vida española. En el primer encuentro con su hermano Pepe, previamente este le advirtió por carta que llevaría un traje marrón oscuro  y corbata negra, que tenía el pelo negro y lentes, pues hacía 26 años que no se habían visto y temía que no se reconociesen cuando  llegara a la parisina estación de Austerlitz. En general, mantuvo una más o menos fluida correspondencia con todos ellos aunque, al contrario que Andrée no era muy proclive a escribir cartas familiares. Ambos recortaban y guardaban las noticias de España que aparecían en los diarios franceses, especialmente en Le Monde, y oían frecuentemente la radio queriendo saber de España, pues nunca tuvieron televisión. Tampoco automóvil, a pesar de que Antonio asistió a las clases para obtener el carnet de conducir, y dado que su posición económica fue generalmente desahogada, se nos antoja que ambas cosas eran señal de ir por la vida un tanto a contracorriente.

Pesa las dificultades de comunicación, sobre todo en los años de la postguerra, en los que las tarjetas postales tenían en el espacio destinado al sello un material trasparente, para evitar que se pudiese colocar algún mensaje debajo del mismo, y muchas de las cartas se las enviaban por medio de terceras personas, que vivían en Gibraltar, Londres o Bruselas, Chamorro se mantuvo en contacto con aquello que le interesaba. Afirmamos esto porque conservaba en su poder una esquela mortuoria de su maestro Alejandro Otero, publicada en el Faro de Vigo el 27 de mayo de 1953, dando noticia de que sus restos mortales habían llegado en barco al puerto de A Coruña, procedentes de México, para ser inhumados en Redondela (Pontevedra) el día 28. Quién se encargó de enviársela es algo para lo que no tenemos respuesta.

Cuando Chamorro pudo volver a España sin miedo a represalias, a finales de los años setenta, ya estaba jubilado, y en realidad nada, salvo quizás los sentimientos, le ataba aquí. No se nacionalizó francés, como hicieron muchos compatriotas que permanecieron allí y nos preguntamos si el lento ascenso a las máximas categorías en su trabajo no se vería influido por ello. Seguiría con la consideración de refugiado hasta que en el año 1979 la policía parisiense le comunica que, habiendo cesado en España las circunstancias que motivaron su solicitud de refugiado, perdía dicha condición. Pasó entonces a ser residente privilegiado. Un año antes había solicitado, y obtenido, del Consulado español de París el pasaporte español y así pudo realizar cinco viajes a nuestro país a lo largo de unos pocos años.

A Granada no volvería hasta el 3 de mayo de 1980, por lo que habían pasado casi cuarenta y cinco años desde que partiera para Berlín en diciembre de 1935. Al día siguiente de su llegada visitaría, en compañía de Andrée, el cementerio, donde intentó ver el lugar en el que habían sido fusilados muchos amigos y compañeros, durante la guerra civil. Años más tarde consignaría en el testamento que allí deseaba que fuesen inhumadas sus cenizas.

También visitó el Hospital de San Juan de Dios, al cual estuvo adosada la Facultad de Medicina que él conoció. Allí había realizado los primeros trabajos de investigación y, sin duda, con la nostalgia propia del caso, recoge en una fotografía la parte superior del segundo patio, que era donde se encontraba la Maternidad de su tiempo. En cambio, no le gustó nada el actual emplazamiento de la Facultad y el Hospital Clínico, de los que, según manifiesta Andrée en su diario, dijo que estaban excesivamente lejos del centro de la ciudad.

            Después de la jubilación de ambos, Andrée era profesora, siguieron con sus costumbres, en muchos puntos coincidentes con la vida ciertamente bohemia que habían conocido en la juventud: asistían frecuentemente a exposiciones o conciertos relacionados con España; a modo de ejemplo, eran unos asiduos de todo lo que concerniese con Pablo Picasso; acudían al cine varias veces por semana y comían o cenaban a diario en ciertos restaurantes de altura. No habían tenido hijos.

Residieron, juntos o por separado, en varias viviendas parisinas, hasta que, a partir del año 1960 estarán domiciliados, oficialmente, él en el 69 de la rue Montparnasse y ella en el 29 del boulevard Edgard Quinet; aunque debemos decir que entre ambas direcciones solo median unos pocos metros. Lo hicieron de forma conjunta en un apartamento de la Costa Azul, en la urbanización denominada Les Verts Anées, en Juan les-Pins, donde pasarían temporadas cada vez más largas, lejos del crudo clima de París. Siguieron viajando de manera constante por toda la geografía francesa, siempre utilizando el ferrocarril, como ya antes lo habían hecho, y Andrée se encargó de recoger en sus cuadernos de viaje.

Los dos fueron muy aficionados a los toros, y así se desplazaron a los lugares del sur de Francia donde se celebran corridas durante el mes de agosto; también al flamenco, como vemos por su muy amplia colección de discos de vinilo, cuyo número  supera con mucho a los de música sinfónica o ligera. Siempre que podían asistieron a espectáculos de este tipo de cante.

Andrée fue una persona sensible y minuciosa; infatigable lectora, entendida en Historia, Literatura y Arte, también proclive al feminismo, tal como muestra el contenido de su biblioteca. Su diario nos informa que soportó estoicamente el duro carácter de Antonio Chamorro, pero hemos de decir que, cuando murió en 1993, él ya no volvió a ser el mismo. A modo de ejemplo, durante diez años permaneció cerrada con llave la habitación que Andrée ocupaba en el apartamento de Juan les-Pins. Así estaba cuando, tras la muerte de A. Chamorro, tuvimos la oportunidad de visitar el citado apartamento. Con su desaparición, nosotros perdimos la mejor fuente de información sobre su compañero.

En 1994, el nonagenario Antonio Chamorro permaneció un tiempo ingresado en el servicio de cardiología del Hôpital de la Fontonne, en Antibes, donde había muerto Andrée, mejorando hasta el punto de llegar a vivir casi diez años más.

Lo que viene a continuación también es ya historia. En el año 1985, Enriqueta Barranco estaba elaborando su memoria de tesis doctoral, dirigida por Fernando Girón, que versaba sobre Alejandro Otero y su escuela. Entonces un profesor de la Universidad granadina trató de ensombrecer su  memoria: se  suscitó  una polémica en el Ideal de Granada acerca de la oportunidad de que se hubiera titulado la clase nº 5 de la Facultad de Medicina como Aula Alejandro Otero. Desde las páginas del mismo diario, ella saldría en su defensa de aquél.

Al profundizar en el estudio de los personajes que desarrollaron su actividad científica junto a Otero, Enriqueta Barranco descubriría que Antonio Chamorro había pertenecido al grupo. Tras algunas indagaciones, se puso en contacto con José Chamorro Daza, quien sería de inestimable ayuda a la hora de establecer correspondencia con Antonio. Este, conocedor de la polémica sobre el Aula Otero y satisfecho con la idea de la tesis, mediante la cual él también recibiría el reconocimiento, que hasta el momento se le había negado, remitió de inmediato su Exposé des titres et travaux publiqués, que tenía escrito desde el final de los años sesenta, pero actualizado. De este modo, ella completó el trabajo y leyó su tesis doctoral en 1987[12]. De esto A. Chamorro también tendría noticia.

Utilizando parte del material que le había enviado publicó, todavía en vida de A. Chamorro, dos artículos en una revista médica, destinados a divulgar su actividad investigadora entre la comunidad científica granadina[13]. Pero lo cierto fue que el trabajo diario, por un lado, y las tareas docentes e historiográficas, por otro, desviaron posteriormente nuestra atención. Transcurrirían muchos años antes de volver a tener noticias de Antonio Chamorro, y estas llegaron a través de una notaría francesa y en forma de testamento. En un registro ológrafo de sus últimas voluntades, quiso sellar sus agradecimientos, por un lado, con la Facultad de Medicina de Granada y, por otro, con su inolvidable maestro español, Alejandro Otero. Además, en él se nombraba ejecutores testamentarios a Enriqueta Barranco y a Fernando Girón.

Ya para entonces, había fallecido en Bañolas, Gerona, a donde llegó trasladado por sus sobrinos Antonio y Miguel Chamorro, pues, tras sufrir una fractura de cadera en una caída casual, su situación física se deterioró hasta el punto de casi  haber llegado a la caquexia. Durante su viaje, no cesaría de preguntarles a cada momento si habían llegado ya a España. Moriría unos pocos días antes de cumplir los cien años[14].

Enriqueta Barranco Castillo y Fernando Girón Irueste

 


 

[1] Otero Carvajal, L.E. (dir.) La destrucción de la Ciencia en España. Depuración universitaria en el franquismo, Madrid, Editorial Complutense, 2006.

[2] Sobre este personaje puede consultarse: Barranco, E.; Girón, F. Alejandro Otero, Granada, Cajagranada, Obra Social, 2006.

[3] Sobre los médicos becados por la JAE puede consultarse: Ribera Casado, J. M. Los médicos en la Junta de Ampliación de Estudios, Tribuna Médica, números  986, 987, 988, 989, 991, 1983.  

[4] Martín Nájera, A. El grupo parlamentario socialista en la Segunda  República, estructura y funcionamiento, 2 vols., Madrid, F. Pablo Iglesias, 2000, p. 1.382.

[5] Sobre el exilio véase, Barona, J.L.; Lloret Pastor, J.  El exilio republicano como suceso histórico, Ciencia, salud publica y exilio (España 1875-1939), J. L. Barona (Comp.), València, Seminari d ´Etudis sobre la Ciència, 2003

[6] Barranco, E.; Girón, F. op. cit.,  p. 819.

[7] Tanto a T. Hernando como a M. Varela  se les reprochó  sus afinidades con la Institución Libre de Enseñanza (ILE),  sin duda  el más positivo intento renovador de la docencia en la España contemporánea. Sobre la ILE véase Jiménez-Landi Martínez, A. La Institución Libre de Enseñanza y su ambiente, Madrid, Taurus, 1973.

[8] Barranco, E.; Girón, F. op. cit.,  p. 154.

[9] Otero Carvajal, L.E. op. cit. p. 202.

[10] Sobre la  UPUEE véase, Cobos Bueno, J.; Pulgarín Guerrero, Antonio; Carapeto Sierra, C. Reunión de la Unión de Profesores Españoles  en el Extranjero UPUEE. La Habana 22 de septiembre a 3 de octubre de 1942 [en realidad fue en el 43], Abaco, Revista de Cultura y Ciencias Sociales,  2ª época, nº 42, 2004, pp. 62-74.

[11] Algunos médicos españoles exilados en Francia aparecen en  Guerra, F., La medicina en el exilio republicano, Madrid, Universidad de Alcalá, 2003, pp. 215-264.

[12] E. Barranco Castillo, La Obstetricia y la Ginecología en la Granada de entreguerras: La escuela de Alejandro Otero (1916-1936). Universidad de Granada, 1987.

[13] Barranco Castillo, E. Científicos españoles en el exilio: Antonio Chamorro (I).  Investigación Clínica. 2: 81-88, 1999; Barranco Castillo, E.; García Vera, E. Científicos españoles en el exilio: Antonio Chamorro (II). Investigación Clínica3: 279-84, 2001.

[14] La documentación utilizada para la confección de esta Biografía pertenece, casi en su totalidad, al  Fondo A. Chamorro, custodiado por la Facultad de Medicina de la Universidad de Granada. Agradecemos enormemente las aportaciones de su hermano Ramón y de sus sobrinos Antonio y Miguel Chamorro Mediano.

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Alejandro Otero Fernández

Alejandro Otero en su juventud

Entre la pléyade de intelectuales y políticos que arribaron a México, en el mes de marzo de 1941 se encontraba Alejandro Otero Fernández. Al final de la contienda civil, como muchos otros conciudadanos se vería obligado a traspasar los Pirineos y refugiarse en París, desde donde dirigiría los trabajos del Servicio de Evacuación de los Refugiados Españoles (SERE), teniendo encomendados entre otros la asistencia en los campos de concentración franceses.

            Atrás quedarían casi dos años al frente de la Subsecretaría de Armamento del gobierno de la República, sus estancias en el extranjero negociando la compra de material de guerra, su militancia en el PSOE desde donde ejerció funciones de vicepresidente de la Comisión Ejecutiva en momentos tan difíciles como la primavera de 1938 y, aun más lejos sus años de permanencia en Granada, ciudad en la que todavía es recordado.

            Alejandro Otero llegaría a esta capital andaluza en el mes de mayo de 1914, recién nombrado catedrático de Obstetricia de su Facultad de Medicina, cuando contaba 25 años, siendo uno de los claustrales más jóvenes de dicho centro docente.

            Había llegado el momento de comenzar una brillante labor académica y asistencial, fruto de su formación en las universidades alemanas y austriacas en donde se estaban gestando los mayores avances científicos de la centuria. No en vano Otero había sido alumno de Manuel Varela Radío, un gallego que desempeñaba la cátedra de Obstetricia de la Universidad de Santiago y que se encargaría de sembrar la inquietud por los avances científicos entre sus discípulos. Allí permanecería como alumno entre 1903 y 1910 y tendría como compañero y amigo a Roberto Nóvoa Santos, quien más tarde desempañaría una cátedra de Medicina Interna en la citada universidad. Otero aprovecharía la amistad que se trabó para invitarle a pronunciar alguna conferencia en Granada, tal como sucedió en el año 1930. El motivo fue la inauguración de la nueva sede del Colegio Médico, cuando Alejandro Otero era el presidente de la entidad. Pero hemos avanzado algunos años, porque todavía Otero, joven licenciado por la universidad compostelana, se vería obligado, siguiendo las disposiciones vigentes, a trasladarse a Madrid para realizar los estudios del doctorado. Allí continuaría formándose en la especialidad que nos ocupa con otro de los grandes maestros de su tiempo, el catalán Sebastián Recasens Girol, que rápidamente vería en él a un alumno aventajado con el que poder contar para la provisión de futuras cátedras.

            Discurría el año 1911 y la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas ya llevaba cuatro años enviando recién licenciados a otros países con la finalidad de que, a su regreso, pudieran renovar la docencia y la investigación en la universidad española. Alejandro Otero tendría la oportunidad de disfrutar de una pensión de esta institución para marchar a Berlín, en compañía de Laura Contreras Valiñas con quien había contraído matrimonio unos días antes del proyectado viaje. Ni que decir tiene que durante su estancia en Centroeuropa no descuidaría la oportunidad de acercarse a las mejores clínicas obstétricas del momento, como era el caso de la Maternidad de Berlín dirigida por Ernest Bumm; en Suiza con Emil Abderhaldem y en Austria con sir E. A. Schaeffer.

            A su regreso en 1914, con el tiempo justo, tuvo la oportunidad de opositar a la cátedra de Obstetricia de la Universidad de Granada, y la obtuvo brillantemente en el mes de mayo del mismo año. Con él aspiraron a la misma otros docentes de la universidad española que luego también alcanzarían la máxima cualificación y gozarían de cierto prestigio.

            La llegada de Alejandro Otero a Granada tendría distintas connotaciones. Para su Universidad iba a suponer la apertura hacia nuevas tendencias docentes y asistenciales, derivadas de la formación con la que contaba el nuevo catedrático. Para él, sin embargo, representó probablemente una decepción pues comprobó de inmediato la carencia de medios con la que se iba a enfrentar en sus distintos quehaceres. Pero sus rasgos de personalidad no le permitirían caer en el desánimo e, inmediatamente, pasaría a la acción promoviendo la compra de los más diversos materiales, todos ellos destinados a las mejoras que iba proyectando, incluida la impresionante biblioteca que, con el paso del tiempo, tuvo la oportunidad de adquirir.

            No serían la docencia y asistencia en la Facultad de Medicina las únicas preocupaciones sociales de Alejandro Otero. Así y también por su condición de enfermo tuberculoso crónico pronto se vería implicado en la entonces denominada lucha antituberculosa, al ser elegido presidente del Patronato del Sanatorio Antituberculoso de la Alfaguara (Granada), en 1923. Se trataba de una iniciativa de una mecenas granadina de origen alemán llamada Bertha Wilhelmi, a quien Otero secundó de inmediato, comprometiéndose personal y económicamente en la construcción y dotación de un Sanatorio que funcionaría hasta los años sesenta. Con ellos colaborarían eminentes tisiólogos granadinos, como sería el caso de José Blasco Reta, Norberto González de Vega y un grupo de médicos internos voluntarios que se encargarían de los cuidados sanitarios. (Jesús Uvera, Enrique Girela, Hilario Pérez Mantas, Gonzalo Ferry y Enrique Iboleón). Algo parecido sucedería con la fundación y explotación del Sanatorio privado llamado de Nuestra Señora de la Salud, erigido conjuntamente con el catedrático de cirugía Víctor Escribano y el desempeño de una consulta privada en su domicilio situado en la granadina Gran Vía de Colón, principal calle de la ciudad por entonces y por ahora, le darían gran prestigio médico y una solidez económica notable, llegando a situarlo entre los mayores contribuyentes granadinos cuando transcurría el año 1930.

            Las cualidades docentes y las inquietudes investigadoras inducirían a que, junto a Alejandro Otero, se agruparan una serie de profesionales que luego dejarían una huella importante en la ginecología granadina (Alfredo Dáneo, Claudio Hernández, Baldomero Bueno, Enrique García Cabreros, José Álvarez, Juan de Dios Gómez Villalba), rasgo que seguiría siendo una constante en Otero durante sus trece años de estancia en la capital mexicana.

            Cuando el Instituto Nacional de Previsión decidió poner en funcionamiento las Cajas de Previsión Social con el fin de poder recaudar fondos para el Régimen del Retiro Obrero Obligatorio, en los años veinte, en Granada se creó una Caja Regional que llevaría a cabo la gestión en las cuatro provincias que integran Andalucía Oriental – Granada, Málaga, Jaén y Almería. Con el paso del tiempo Alejandro Otero se integraría en el Consejo Directivo de esta entidad, llevando a cabo funciones importantes para la implantación del Seguro de Maternidad de la mujer trabajadora. Probablemente estaba destinado a presidir la Caja si el estallido de la Guerra civil no hubiera dado al traste con estos proyectos sociales, que luego tardarían años en retomarse para la puesta en marcha del Seguro Obligatorio de Enfermedad, cosa que sucedió en 1942.

            A pesar de este brillante historial nos podemos preguntar ¿Porqué se vería obligado a sumarse al enorme contingente de intelectuales transterrados?

Evidentemente las razones políticas también en este caso serían determinantes, porque Alejandro Otero a partir de 1930 comenzó una febril actividad política en las filas del PSOE, llegando a ser diputado a Cortes en las Constituyentes por Pontevedra y Granada, aunque optaría por el acta gallega. Redondelano de nacimiento, allí vio la luz en 1888, pertenecía a una familia conocida por su implicación en la política local y nacional, al igual que sucedió con los ascendientes de su primera esposa, si bien militando en bandos opuestos – republicanos de izquierdas los primeros, conservadores los segundos. A la caída de la dictadura de Primo de Rivera Otero irrumpió en la escena política granadina con gran ímpetu, logrando ganarse la confianza de los trabajadores de la ciudad y su provincia que le votarían en las primeras elecciones del 14 de abril de 1931 para que les representara en el Ayuntamiento de la ciudad y posteriormente en el Congreso de los Diputados.

            Su gran éxito social en este tiempo le granjearía las simpatías de los alumnos universitarios de la Federación Universitaria Escolar, movimiento estudiantil que trataba de hacerse un hueco en la universidad en pugna con la Federación de Estudiantes Católicos que era la representante legal de los alumnos hasta el momento. Esta circunstancia le serviría para ser nombrado rector de la Universidad de Granada en 1932. Desde tan alto rango iba a tener la oportunidad de tratar de impulsar los hasta entonces proyectos retardados para la construcción de una nueva Facultad de Medicina y un Hospital Clínico, en cuyo diseño había participado formando parte de la Comisión que redactó la Memoria de Necesidades en 1925. Hoy, todavía ambos permanecen activos tras su inauguración en 1944 y 1952, respectivamente.

            Los cargos directivos en muchas ocasiones tienen fecha de caducidad, y en el caso del rectorado de Alejandro Otero el triunfo de la CEDA en las elecciones de 1933 le condujo a presentar su dimisión. No en vano se había presentado a diputado por Pontevedra y no resultó elegido, a pesar de que continuaba su vinculación con Galicia, y como prueba de ello sabemos que, con cierta frecuencia visitaba Redondela, e incluso se estaba construyendo un pazo en el lugar denominado Las Lages a donde, quien sabe, si pensaba retirarse más adelante.

            Tras su dimisión como rector dedicaría sus horas a la actividad política plena, llegando a ser Presidente de la Federación de Agrupaciones Socialistas de Granada desde donde ejerció una importante labor reivindicativa entre el proletariado, apoyando huelgas de tranviarios, mediando en los conflictos de las azucareras y tantos otros factores que le granjearon la confianza de los trabajadores. En el mes de octubre de 1934 la represión en Granada con motivo de los sucesos revolucionarios le condujo a la cárcel, en donde permanecería dos largos meses hasta que su antiguo profesor, el republicano gallego Manuel Varela Radío y el diputado orensano Luis Rodríguez de Viguri contribuirían para que fuese puesto en libertad a comienzos del mes de diciembre del mismo año, mientras que casi todos los implicados debieron permanecieron encarcelados hasta la amnistía derivada de la victoria del Frente Popular en 1936.

            A su salida de la cárcel Alejandro Otero adoptó una decisión importante, la de solicitar separarse de Laura Contreras acogiéndose a la recientemente proclamada Ley del Divorcio. A partir de este momento abandonaría el domicilio conyugal para residir en su Sanatorio de la Salud hasta el día 7 de julio de 1936, fecha en la que conociendo por sus informadores la insurrección que se estaba poniendo en marcha, decidió abandonar Granada. No sería una mala decisión puesto que todos sus colaboradores y compañeros de actividad política fueron fusilados en fechas muy cercanas al 18 de julio. Sus bienes, tanto en Granada como en Redondela, serían incautados por la autoridad militar y él mismo fue juzgado por “espionaje en rebeldía.” Acogiéndose a la Ley de Responsabilidades Políticas más tarde se le desposeería de la cátedra y se le condenaría a la pérdida de todos sus bienes, a la inhabilitación y expatriación durante 15 años y a una multa de un millón de pesetas. Creemos que está más que explicada la pregunta que nos hacíamos sobre las circunstancias de su exilio. A ello habría que añadir sus actividades al frente de la mencionada Subsecretaría de Armamento y el ser vicepresidente del PSOE.

            Sin que podamos precisar el momento exacto, Alejandro Otero volvería a contraer matrimonio con la asturiana Elena Fernández Fernández (Oviedo, 1913-México, 2004), así que cuando llegó a México lo haría en su compañía, por vía férrea y procedente de Nueva York. Era el momento en el que Indalecio Prieto comenzaba a desarrollar sus tareas al frente de la Delegación Mexicana de la Junta de Auxilio a los Refugiados Españoles (JARE), ayudado inicialmente por Josep Andreu Abelló, Emilio Palomo y Eusebio Rodrigo, equipo al que posteriormente se incorporaría Carlos Esplá Rizzo como secretario.

            Indudablemente la fama que le precedía y, qué duda cabe, también sus reconocidas cualidades, le llevarían a ser nombrado director del Servicio Médico-Farmacéutico de la JARE, desde donde ejercería funciones de coordinación y asistenciales, valiéndose de la experiencia acumulada durante su permanencia en Granada, tanto en la Universidad como en la Caja de Previsión Social.

            La implantación del citado Servicio quedaría establecida el 30 de abril de 1940, aunque no fue hasta el 4 de junio del mismo año cuando Rafael Fraile Quevedo sería comisionado para que redactara una ponencia sobre los Servicios Médicos Farmacéuticos, cuya finalidad era dotar a los refugiados españoles de una asistencia sanitaria, prestada por un cuadro médico integrado por profesionales exiliados. Sometido a discusión entre los delegados el proyecto de Rafael Fraile, se iniciaría una asistencia domiciliaria a los enfermos prestada por los doctores Aurelio Almagro y Roberto Escribano. Se trató, a través de Ángel Urraza, su director, del problema que la asistencia médico farmacéutica representaba para los españoles recién llegados a México y de la que no se responsabilizaría el Hospital de la Beneficencia Española, institución que funcionaba desde mucho tiempo atrás en el Distrito Federal.

            Parte del importe del tan traído y llevado tesoro del Vita serviría para costear los servicios de asistenciales de los exiliados, junto con el socorro a los refugiados en Francia y Túnez, reparto de ayudas a emigrantes indigentes en México, pago de becas en el Instituto Ruiz de Alarcón, instalación y funcionamiento del comedor infantil de la calle Orizaba, en donde trabajaría como encargada del mismo Alicia Díaz de Jungitu. También la distribución de auxilios en metálico a los refugiados esparcidos por diversos países de América, pago de pasajes, creación y sostenimiento del Gabinete Hispano Mexicano de Estudios Industriales, pago de las deudas de la tripulación del Vita, compensaciones e indemnizaciones a los beneficiarios de los comedores y albergues creados y sostenidos por la JARE y a pensiones y socorros extraordinarios a inválidos y ancianos.

            Reunida la delegación de la JARE el 5 de noviembre del 1940 acordarían conceder la Jefatura de los Servicios Médico Farmacéuticos a Alejandro Otero, aparte de su trabajo profesional como ginecólogo. Por ambas cosas recibiría 350 pesos mensuales. Por entonces contaban con un cuadro médico integrado por Aurelio Almagro y Roberto Escribano que se encargaban de la visita domiciliaria y Rafael Fraile (Gastroenterología), con funciones de médico consultor; Jacinto Segovia (Cirugía); Cristián Cortés Lladó (Corazón y Pulmón); Luis Martín Gromaz (Laringología) y Manuel Rivas Cherif (Oftalmología). Una vez más, Alejandro Otero quedaría responsabilizado de la adquisición de material para los consultorios y demás funciones propias de su misión, cuando apenas llevaba siete meses en México D.F. Entonces residía en el Paseo de la Reforma n° 107, lugar en el que instalaría una consulta privada en la que atendería de forma gratuita a las mujeres exiliadas que lo requerían.

            El socialismo español se había fragmentado de forma irreversible en dos facciones, los denominados negrinistas y los prietistas. Con las sucesivas llegadas a México de unos y otros, lejos de producirse un acercamiento, se distanciarían hasta el punto de agruparse en dos asociaciones distintas, el Círculo Jaime Vera y el Círculo Cultural Pablo Iglesias. En compañía de Manuel Albar Catalán – director del periódico del ala prietista Adelante- y Lucio Martínez Gil, a la llegada de Ramón González Peña, los prietistas se vieron implicados en una agria polémica a la que no estaría ajeno Alejandro Otero, sin llegar a ponerse de acuerdo sobre si la representación que habían obtenido en 1938 era legítima o no. Otero seguiría ejerciendo la vicepresidencia hasta el año 1945.

            La relevancia política que Alejandro Otero mantenía en México le llevaría a participar, por ejemplo, en el homenaje que en diciembre de 1940 los refugiados españoles le hicieron al general de división Lázaro Cárdenas, cuando éste dejó la presidencia de los Estados Unidos Mexicanos en manos del también general Manuel Ávila Camacho.

            Un buen número de los profesores universitarios españoles abandonarían sus puestos para refugiarse en diversos lugares. Todos estarían de acuerdo en tratar de agruparse para lograr su promoción profesional allí donde se fueron asentando, así como un medio de hacer valer su opinión acerca de las circunstancias en las que se desenvolvía la vida política española en la postguerra. De esto modo nació la Unión de Profesores Universitarios Españoles en el Exilio (UPUEE). Desde sus comienzos, el profesor Alejandro Otero formaría parte de la Comisión Ejecutiva de dicha agrupación cuya presidencia estaba en manos de Cándido Bolívar, y la vicepresidencia, en representación de los profesores de Medicina recaería en él. También estuvieron Mariano Ruiz Funes, Javier Malagón Barceló, Joaquin Xiráu, etc…

            Entre los intelectuales republicanos sería definitiva la Reunión de La Habana, a la que fueron invitados profesores de diferentes países para discutir sobre la docencia y la política en España. De ella salió lo que se conoció con el nombre de Declaración de La Habana, un manifiesto con el que se trataba de impedir que las naciones democráticas reconocieran el régimen del general Franco en España. Alejandro Otero estuvo invitado a participar en dicha reunión, pero había sufrido un infarto agudo de miocardio en el mes de febrero de 1942 y se vería obligado a guardar reposo durante más de seis meses, circunstancia por la cual no pudo asistir. Por ello los historiadores han ignorado probablemente por este motivo su presencia en la UPUEE.

            Sin embargo, participaría plenamente de las decisiones que allí se tomaron cuando se integró en la Junta Española de Liberación (JEL) firmando el Manifiesto de San Francisco (1945). Este constituyó un extenso documento en el que se detallaban de forma minuciosa todas las circunstancias que, según el punto de vista de los firmantes, deberían de hacer que en la Conferencia que iba a tener lugar en dicha ciudad se decretara el aislamiento de España por no ser una nación democrática.

            Una buena muestra de su interés por la política en general, y la gallega en particular, son los folletos que conservaba en su biblioteca mexicana Alejandro Otero, algunos incluso con dedicatorias de sus autores, como fue el caso de Indalecio Prieto; y la polémica mantenida con Alfonso Rodríguez Castelao acerca de su oposición a que fuera modificada la Constitución de 1931 con respecto a la Autonomía Gallega.

            Algo menos fácil nos puede parecer la situación que Alejandro Otero vivió en relación a la docencia universitaria y el ejercicio hospitalario. Fueron bastantes los profesionales que se incorporaron a la Universidad Nacional Autónoma de México, entre ellos, por ejemplo Rafael Méndez; pero no fue el caso de Otero, cuya misión docente se vería limitada a la enseñanza práctica en el Hospital Español a cuyo cuerpo médico perteneció de forma efectiva entre 1942 y 1947 y, de forma honoraria, hasta su fallecimiento. Allí tendría la oportunidad de favorecer la creación de la Sociedad Mexicana de Ginecología y Obstetricia, auspiciando además la edición de la Revista Médica del Hospital Español y la formación de especialistas de alta cualificación como sería el caso de Carlos D. Guerrero, un admirado alumno que no dudaría en llamarle “mi maestro ex cátedra.” Y la verdad es que Alejandro Otero también dejaría en México su estela docente y asistencial, asistiendo a conocidas mujeres de la vida pública mexicana.

            Sin embargo, las condiciones en las que discurría la vida entre los exiliados no era nada halagüeña, aunque con el paso del tiempo Alejandro Otero y Elena Fernández se instalarían en la colonia residencial de Las Lomas de Chapultepec, en una lujosa residencia que actualmente está ocupada por la Embajada de Suecia. Otros transterrados no tuvieron tanta fortuna y llevaban una existencia bastante modesta. En este contexto cabe destacar la labor de Alejandro Otero en pro de lo que se conoció con el nombre de Benéfica Hispana, una sociedad mutualista que abarcaba enfermedad, intervenciones quirúrgicas, partos, medicamentos y sepelio en caso de muerte. Tras los frustrados intentos de conseguir que el Hospital Español facilitara el ingreso de los republicanos españoles para recibir asistencia sanitaria, y de haber liquidado la delegación de la JARE por decreto de Manuel Ávila Camacho, se plantearía la necesidad de contar con un sanatorio propio en el que realizar actos médicos y quirúrgicos. Los partos hasta el momento se habían atendido en la Maternidad de Liverpool atendida por Urbano Barnés y en la Clínica de Tresguerres atendida por Manuel Fernández Márquez. Nacería así un pequeño y modesto centro médico ubicado en la calle Marsella, dotado de quirófanos, paritorio y otras instalaciones destinadas a los exiliados que optaron por cambiar su afiliación a la JARE por la de la Benéfica Hispana. Allí, aparte de Alejandro Otero, ejercerían su profesión importantes médicos y cirujanos hispanos, como es el caso de Joaquín d’Harcourt Got, quien había desempeñado labores de Jefe de Servicio de Cirugía en la zona republicana durante la guerra civil. De su buen hacer sería testigo el cirujano Vicente Guarner Dalías, actualmente reconocido cirujano mexicano, muy estimado entre los toreros a los que atiende cuando sufren algún percance durante sus temporadas taurinas en aquella plaza.

            Como pudimos comprobar durante nuestra estancia en México D.F. durante el verano del 2004, Alejandro Otero no limitaría sus actividades al ejercicio de la medicina y la política sino que también fue un próspero empresario, vinculado de alguna forma a la incipiente empresa de radio y televisión mexicana que con el paso de los años se convertiría en Televisa, por entonces lideraba por el empresario de origen vasco Emilio Azcárraga Vidaurreta, conocido como “El tigre de México.” Igualmente participó en compañías metalúrgicas de cierta envergadura como “Aluminios EKCO” fabricantes de las primeras ollas a presión en México, firma dirigida por Eusebio Rodrigo y de la que llegó a ser consejero. Igualmente fue socio y consejero de “Hierro Maleable de México; consejero de Fundiciones de Hierro y Acero S.A., de las Compañías Mineras “Gold River Mining CO, S.A. y “Las Fraguas Cooper Co. S.A.” empresas estas últimas de las que sería presidente de sus Consejos de Administración.

            Sus relaciones empresariales le llevaron también a establecer buenas relaciones sociales, entre las que cabe destacar las mantenidas con la familia de origen santanderino Mondría de la Vega, hasta el extremo de que llegarían a facilitarle un enterramiento provisional en su panteón mexicano hasta que su cadáver fuese definitivamente inhumado en Redondela.

            Como muestra de su prestigio en el México de los años cincuenta del pasado siglo, podemos aducir que cuando le ofrecieron a la por entonces joven “retratista” y escultora Tosia Malamud que realizara una serie de trabajos sobre personajes muy reconocidos, ella no dudó en proponerle a Alejandro Otero que posara. Éste aceptó, de forma que actualmente, gracias a la donación que del mismo nos hiciera Alejandro Fernández Ruiz, sobrino de Elena Fernández, éste ha pasado a formar parte de nuestro patrimonio cultural. Durante sus trece años de estancia en la capital azteca, Otero siguió adquiriendo libros y revistas científicas europeas y norteamericanas hasta llegar a reunir más de 1.500 volúmenes, guardados cuidadosamente en un domicilio privado. Su sobrino Juan A. Otero Soto decidió recientemente confiarlos a quienes esto escriben, con la idea de que el importante fondo bibliográfico llegara a Granada.

            Alejandro Otero no sería el único rendondelano que se transterrara en México, pues allí se trasladaría en compañía de sus hijos Rita Gómez, viuda de Telmo Bernárdez Santomé, fusilado en Redondela en los primeros días de la insurrección militar. José Bernárdez Gómez nos relató como él llegó a México en el Serpa Pinto, y cómo sus hermanos se irían reuniendo allí poco a poco. Su amistad con Alejandro Otero perduró hasta el fin de los días de éste. Precisamente sería José Bernárdez quien nos informaría de las circunstancias en las que se produjo la última enfermedad y muerte de Alejandro Otero. Distintas versiones circularon en su día sobre este evento, pero la más cierta es ésta. Alejandro Otero no tuvo hijos ni con su primera, ni con su segunda esposa, que era 25 años más joven que él. Probablemente éste y otros motivos le harían intentar repetidamente lograr descendencia fuera de sus matrimonios. Esto le haría gozar de una cierta fama de hombre mujeriego a lo largo de su vida. Según José Bernárdez cuando discurría el año 1953 mantenía una relación sentimental con una joven mulata, con quien se veía en un apartamento que le tenía instalado en el centro de México. Al salir del Hospital Español, tras realizar una intervención quirúrgica el día 26 de junio, marchó al citado apartamento en donde sufrió un infarto agudo de miocardio que acabó con su vida. Antes su corazón le había dado un aviso y Bernárdez sería testigo de que el mismo Alejandro Otero le había comentado que padecía ciertas molestias, atribuidas en principio a problemas digestivos, que en opinión de su amigo podían ser síntomas de otra situación anginosa cardiaca. Bernárdez sería el encargado de acudir al lugar del óbito, que al parecer conocía bien, y tratar de disimular las condiciones en las que éste se encontraba, transportándolo a su domicilio de inmediato.

            El fallecimiento de Alejandro Otero sería muy comentado en la prensa mexicana aparecida el día 27 de junio, y más de doscientos automóviles acompañaron su cadáver desde las Capillas Gayosso hasta el Panteón Español, sito en la Colonia Tacuba. Entre los personajes de la emigración española que residían en México hicieron acto de presencia Indalecio Prieto, el general José Miaja, el exgobernador civil de Granada Mariano Joven, Crescenciano Bilbao, Lucio Martínez Gil, numerosos compañeros médicos del Hospital Español y la Beneficencia Española, encabezados por su presidente Pablo Díez. Y de otras entidades como José Bernárdez, Jacinto Segovia, JoséTorre Blanco, Julio Bejarano Lozano, Miguel Morayta, Joaquín D´Harcourt Got, Germán Somolinos D’Ardois, Manuel Mateos Fournier, Manuel Márquez Rodríguez, Joaquín Meda, Pascual Díaz del Roncal y otros profesionales amigos como Manuel y Francisco Azorín, Francisco Giral, Dalmau Costa, José Luis de la Loma, Luis Ignacio Rodríguez, Laureano Poza Juncal, José Giral, Bernardo Giner de los Ríos, Álvaro de Albornoz, Jesús Bernárdez, Ovidio Salcedo, Máximo Muñoz, etc.

 

            Sus restos mortales, previamente enformolizados, serían exhumados seis meses después de su depósito en el Panteón Español y tras ser reconocidos por José Bernárdez se embarcarían rumbo al puerto de A Coruña, lugar al que llegó en el mes de mayo de 1955. Desde allí se trasladarían hasta el cementerio de Os Eidos en la villa de Redondela. Si alguien visita el panteón de la familia Otero-Milleiro podrá observar cómo en su lápida, junto con la inscripción que aparece en la fotografía que acompaña este trabajo, realizada a poco de su inhumación, se puede ver la silueta de lo que fue una inscripción inserta en su parte superior, en la que constaba “Excma. Sra. Dña. Laura Contreras Valiñas.” Y es que Alejandro Otero dejó dos viudas, la que quedó en México y la que lo recibió cadáver en España, y fue voluntad de ésta última el ser enterrada junto a él; probablemente algunos miembros de sus familias no se sintieron satisfechos cumpliendo este deseo y han ido arrancando las letras de la inscripción hasta hacerla casi irreconocible.

            Ciertamente que Elena Fernández, durante sus largos años de supervivencia, siempre rubricó sus documentos como Elena Fernández de Otero. Los españoles residentes en México que son socios de la Beneficencia Española, como fue el caso de Elena, tienen la opción de alojarse en una residencia para la tercera edad, conocida con el nombre de Pabellón Isabel la Católica, cercano al Hospital Español, en donde son atendidos por cuidadoras pagadas con su propio peculio. Durante nuestra visita a este centro, conducidos por Manolo Mier, un exiliado que ostenta funciones de relaciones públicas en la Beneficencia, tuvimos la oportunidad de entrevistar a la mujer que atendió personalmente a Elena Fernández hasta su muerte. Según Leonor, que así se llama, era una mujer culta, conocedora de cinco idiomas, que orgullosamente decía que era la viuda de un gran personaje.

AUTORES: ENRIQUETA BARRANCO Y FERNANDO GIRON

Alejandro Otero en su madurez

 

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